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Novela

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Edición Alacena Bolsillo

Narrada a dos voces por dos jóvenes de orígenes y bandos en apariencia distintos, El pacto de la hoguera nos traslada al Tabasco socialista de los años 1930, cuando se prohibió el culto católico y se quemaron iglesias a manos de los llamados Camisas Rojas, organización paramilitar al servicio del gobernador Tomás Garrido Canabal. El 30 de diciembre de 1934, un grupo de Camisas Rojas llegados a la capital para desfilar ante el presidente Lázaro Cárdenas disparó a los feligreses que salían de misa en la iglesia de San Juan Bautista, en Coyoacán, causando muertos y heridos.
Colorida e intrigante, la primera novela de Alfredo Núñez Lanz nos cuenta la historia de la devoción a un Cristo rescatado del incendio de una iglesia, el Señor de las Llamas, al que la feligresía va trasladando de casa en casa para protegerlo. Pero sobre todo, esta novela es una historia de amor, de una necesidad de posesión desgarrada y sin esperanzas, en el doloroso y contradictorio silencio impuesto a quienes sufrían por el amor que aún no osaba decir su nombre. Poblada de matices, olores y sabores que nos trasladan a aquellos años turbulentos, une con mucha solvencia y sin concesiones lo político y lo personal: el amor en los tiempos de la guerra, esa historia paralela que nadie nos contará.

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Edición Alacena Bolsillo

Pocas relaciones son tan intensas y a la vez pueden llegar a ser tan conflictivas como las que se establecen entre padres e hijos. ¿Qué sucede si los hijos son distintos y, aunque se esfuercen, no consiguen encajar en el molde que trazaron para ellos? ¿Qué, cuando la imagen paterna es en todo negativa y el hijo considera el rechazo un deber moral? Sin remedio, se produce un encontronazo, y la vida familiar del hijo se convierte en un infierno del que hay que huir a como dé lugar.

Joel Flores explora los laberintos emocionales del protagonista quien, recién instalado con su mujer en una ciudad fronteriza, recibe el aviso de que su padre se muere en un hospital de Zacatecas. Con la duda de ir o no a verlo por última vez, el resentimiento, la culpa y la imagen del viejo abandonado en un pabellón de agonizantes se enredan en su interior hasta jalar a la superficie los fantasmas más ocultos, más sepultados en su memoria, para configurar un bárbaro retrato de familia donde el padre, un militar de bajo rango, burdo y violento, destaca como el principal creador de la desdicha.

Nunca más su nombre nos muestra de manera descarnada que nunca hemos sido del todo dueños de nuestras decisiones ni de nuestro destino, que casi siempre actuamos obedeciendo impulsos difíciles de reconocer, y que a veces la única verdad se localiza en esa zona de la memoria que quisiéramos mantener velada hasta la muerte.

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A decir de Paul Valéry, lo que más asombro le causaba en la memoria no era que volvía a decir el pasado, sino que alimentaba el presente: le daba réplica o respuesta, le ponía palabras actuales en la boca. Es de esta forma como Eduardo Antonio Parra traza en su novela, El rostro de piedra, el retrato acucioso, revelador y humano de un personaje que tanto la historiografía como el ideario popular convirtieron en mito. Esta obra singular, de narrativa poderosa y atrayente, es también un enorme fresco de la segunda mitad de nuestro siglo XIX, colmado de situaciones reconstruidas con las emociones y ambiciones de todos aquellos ilustres personajes que rodearon al Hombre de la Reforma durante su larga lucha por obtener y conservar el poder.

Parra establece un doble recorrido, paralelo, entre el recuerdo y la terrible actualidad de un Juárez aferrado a la silla presidencial, disminuido física, moral y políticamente. Al final de sus días ambos trayectos convergen, y pese a todo la memoria y el presente terminan para dar paso a la leyenda. Así, los momentos más significativos de la vida personal de Juárez se empalman de manera conmovedora con los años más intempestivos de nuestra historia, de la cual él se convirtió en el principal protagonista, al lado de algunos de los hombres más brillantes que ha dado la patria: los eminentes liberales.

Parra es cuidadoso de los detalles, los ambientes, los gestos, los humores, la escenografía entera del preciso (y precioso) recuerdo. Nos hace sentir espectadores privilegiados de un drama épico con personajes que se muestran convencidos de sus vicios y virtudes, sus convicciones y pasiones, no de su condición exclusiva de próceres de yeso y de bronce. 

Juárez es y será uno de los personajes más enigmáticos de esa novela llamada México. En El rostro de piedra se nos muestra todo el trasfondo: un hombre que, no obstante sus certezas o su condición de representar el espíritu de una época, navegaba entre la grandeza y los desaciertos, que era acosado por las dudas: un Juárez íntimo y apegado sin remedio a su condición humana.

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Portada_Marcianos_WEB
Edición Alacena Bolsillo

Marcianos leninistas cuenta una serie de avistamientos ocurridos en la línea imaginaria que va de Moscú a la Ciudad de México. En lugar de notificar a Houston que tenemos un problema, y luego de demostrar que se encuentra en plena posesión de todos sus recursos literarios, el siempre magistral Mario González Suárez nos cuenta una serie de encuentros reveladores, obtenidos con un método narrativo inusual. Al preguntarse quiénes son en realidad los habitantes del planeta rojo –los comunistas o sus vecinos de Matamoros, Tamaulipas– y si ese mundo que nos vigila son nuestros primos en la colonia Lindavista, Mario González Suárez vuelve a levantar una orilla de la vida cotidiana a fin de mostrarnos una dimensión paralela: la de la gran literatura.

En esta novela disfrazada de libro de cuentos hay espías soviéticos que vienen a estudiar la política mexicana y estudiantes mexicanos que van a espiar a las bellas rusas; hay exilios políticos, deserciones de la KGB y desapariciones forzadas que podrían ser abducciones, teletransportaciones o secuestros con fines científicos; auténticos marcianos encerrados por error en hospitales psiquiátricos y falsos becarios mexicanos que se van a conocer Moscú a costas del gobierno ruso; autos importados a México de contrabando y platillos voladores que entran a hurtadillas en este planeta, a la par que una historia no oficial y fragmentaria de la relación entre humanos y alienígenas. El resultado es una enciclopedia de lo extraterrestre contada como literatura fantástica o, si usted no cree en los ovnis, sólo el más ambicioso y logrado libro de cuentos de un narrador sin parangón en esta parte del sistema solar.

Este libro es un pequeño paso para el hombre. Pero un paso que conduce a otra realidad.

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Bajo-el-volcan-WEB
Ilustraciones de Alberto Gironella

El Día de Muertos de 1939, en Cuernavaca, Hotel Casino de la Selva, dos hombres evocan la pasión y muerte de Geoffrey Firmin, el Cónsul asesinado en idéntica fecha, un año atrás. En un pueblo de México donde se dan la mano infierno y paraíso, Geoffrey trata de vivir al margen de un mundo devorado por el frenesí de la destrucción. La culpa, el desamor, la soledad lo han llevado a una embriaguez que de algún modo resulta también la del conocimiento. El origen de su infortunio es, acaso, la traición a la fraternidad -como le advierte su medio hermano, Hugh, que lucha por una República española ya sin esperanza. Ivonne, la ex mujer de Geoffrey, vuelve para rescatarlo de la absoluta consunción. Pero es inútil, el amor se gastó en medio de la vida: sólo la muerte podrá salvar al Cónsul de sí mismo. Bajo el volcán que Geoffrey no logró ascender para librarse de sus propios fantasmas, yace el abismo de la Caída, la barranca infernal. Si los demás quieren salvarse, si todavía pueden huir del gran fracaso que acechaba a toda existencia, deben expulsar del jardín de la tierra (único paraíso que le fue dado al hombre) a todos los que pretenden destruirlo.

 Bajo el volcán -que es para algunos críticos la más autobiográfica de sus obras- fue comenzada por Lowry en 1934 y reescrita en tres ocasiones antes de ser publicada en 1947. Tragedia contemporánea, libro de una belleza y una emoción incomparables, novela que recupera las dos fuentes: el mito y la poesía, Bajo el volcán se juzga obra maestra en la narrativa del siglo XX, y su autor, Malcolm Lowry, uno de los pocos escritores que dejaron tras de sí una leyenda.  

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Como-me-hice-monja-WEB
Edición de bolsillo

La aparición de esta insólita novela fue un auténtico terremoto en la literatura hispanoamericana. Desde en­tonces, este libro se ha convertido en un verdadero clásico de nuestro tiempo, un prodigio de experimentación, de­­licadeza ima­ginativa y “elegancia alucinada”. Una ficción desafiante y divertidísima que vale la pena leer y releer, porque entre sus páginas esconde una de las propuestas estéticas más atrevidas y provocadoras de las letras contemporáneas. César Aira es uno de los narradores más radicalmente originales, imaginativos e impredecibles.
De la mano de una destreza estilística sin par, el lector se deja asombrar aquí por un relato de infancia en el que todos los elementos tradicionales están al servicio de una secreta reflexión sobre la idea de realidad, las trampas del conocimiento y los límites del saber. El resultado es una obra atrapante e incendiaria, el laberinto de una “memoria inventada” en el que nada es como parece y todo se transforma. Justo lo que siempre enseña la mejor literatura.

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Clarke, naturalista inglés, viaja a la Argentina para estudiar una liebre singular de las pampas, veloz como un rumor, pero que nunca nadie ha visto. Como corre el siglo XIX, lo guía un gaucho que muchas veces parece desorientado y lleva también, a pedido expreso del dictador Rosas, a un joven acuarelista sentimental que rara vez toca un pincel. Al parecer más por mérito de los caballos que de su baqueano, Clarke acaba encontrando a los indios de la nación huilliche, que recordarán los lectores de Entre los indios. Cafulcurá y sus súbditos lo reciben y agasajan pero, al mismo tiempo, lo dejan en suspenso con las historias que comienzan a contarle, contestan a medias sus preguntas, le dan nada por liebre.
Pero esta indagación es apenas el inicio de uno de los libros más ambiciosos y descarados de César Aira, una novela en la que a cada momento nos espera una historia de amor romántica y desgraciada como corresponde a la época, o un secuestro, o una tribu que habita el inframundo y ha elegido al mismo diablo como cacique, o una guerra en tiempos de paz perpetua. ¿Debe ser interpretada literalmente una historia? ¿No se trata en realidad de una alegoría o un engaño? ¿No es, incluso lo visto, una ilusión causada por la distancia, por la velocidad, por la luz, por la falta de accidentes geográficos?
Aira ha recuperado el papel central de la imaginación para la literatura latinoamericana. Una imaginación que prescinde de saberes, que usa los libros como un trampolín desde el que salta a sus más insólitas figuras. En La liebre la juega gozosamente en el contexto de la historia, tomando una rara distancia del realismo, reinventando los géneros que se leyeron ávidamente en el siglo antepasado: la novela por entregas, la crónica de viajes y, naturalmente, el melodrama y su potencia para anudar todo lo que parecía demasiado proliferante.

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El protagonista y narrador es un adolescente que vive en una ciudad del norte de México, trabaja en un taller de reparaciones y tiene sus primeros escarceos con distintas muchachas, algunas amistades masculinamente silenciosas, deseos de ser músico. Vive con su madre, ve a veces a su padre (modelo de fracaso sentimental), va a fiestas, visita una cantina, se enamora de una joven que no le hace mucho caso. La violencia es algo de lo que se habla a veces, algo que les ocurre o les ha ocurrido a otras personas, a veces cercanas; es un rumor de fondo o una atmósfera cargada… hasta que en una fiesta la violencia alcanza al protagonista y lo envuelve, en escenas de acción extraordinarias.
En el ambiente de calor y machismo y fiestas y cheleo constante y coches y armas, con su trasfondo sutil de narcos, esta notable primera novela de su autor no cae en ninguno de los lugares comunes de la narrativa norteña y del narco; se concentra en las cuitas de su joven Werther y su relación con el desempleo y los anhelos incumplidos, con la separación, la soledad y los secretos de los padres, con la opacidad del mundo, del pasado y de quienes lo rodean, con la inacción que aturde y entristece, y logra un personaje redondo e inolvidable. Si bien aquí no hay balaceras ni ejecuciones, el contexto de la violencia en que se halla sumergida la ciudad llega en algún momento a tocar la vida de los personajes de modo directo y la transforma para siempre.
Novela de aprendizaje o de educación sentimental, Los ríos errantes llama la atención por la fuerza de su lenguaje, poético, rico, reposado, que nos habla de un narrador en pleno dominio de su estilo.

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Como suele pasar en cada una de las novelas de César Aira, genuino raro del continente, al mismo tiempo que una ficción divertidísima, Entre los indios es una sutil meditación que no entorpece el relato. En este caso Aira piensa sobre la naturaleza del deseo y cómo éste se trenza con la inteligencia, con el mal y con el miedo. 

Una noche en la pampa, el diablo decide aparecérseles a los indios. Su aparición, piensa, habrá de causar pánico. Pero al parecer, como este diablo es otro, muy diferente al que según el refranero acumula saberes con el tiempo, comete un error de cálculo. No ha tomado en cuenta que la noche elegida es de banquete. Los hombres y las mujeres han comido y bebido tanto, se hallan tan ahítos y agotados, que ya no están para ver nada y menos aún para huir. Apenas si logran verlo los niños que, lejos de aterrarse, lo asumen como un inmenso juguete al que montan alegremente. 

Por supuesto, el diablo no puede darse por vencido, así que resiste, insiste y persiste. Se resiste a admitir que su trabajo es fútil, persiste en su pretensión e insiste con otros planes y apariencias, a pesar de que fracasa en cada intento. 

Y estos fracasos acumulados, cada vez más gozosos, hacen que los lectores seamos presas de una curiosidad creciente, ya no en cuanto a ese diablo tan menso y fatuo que casi parece de pastorela, sino respecto a la tribu menos que modesta, cuyas posesiones son apenas caballos para montar, yeguas roba­das para comer y algunos toldos de cuero. A ese pueblo que no construye nada y prefiere no hablar (aunque cuando habla lo hace por horas, ceremoniosamente) y que logra resistir al diablo. Y eso en realidad es lo que nos cuenta esta novela.

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 Spinoza afirmaba que nadie puede saber lo que puede un cuerpo, Ana García Bergua se pregunta, en cambio, qué es lo que puede un fantasma. Qué puede cuando abandona un cuerpo pero sigue necesitando comunicarse con quienes sí lo tienen, qué sucede si sigue queriendo moverse por la ciudad en la que vivía, qué consecuencias produce su intento de transmitir sus afectos; en suma, qué pasa con su deseo: ése es el fuego que arde en Fuego 20.

 En el Distrito Federal a principios de la década de 1980, dos historias corren en paralelo. La de Saturnina, una muchacha ingenua y convencional pero que un día decide llamarse Ángela para poder meterse a curiosear en Fuego 20, una mansión del Pedregal que está en venta. Con esa travesura, Saturnina suspende sus temores y sus prejuicios y se convierte en Ángela, una joven atrevida, trepadora y falaz. En contrapunto a esta historia sorprendente y entretenidísima, vamos sabiendo de Arturo, quien ha venido de Xalapa a la capital para estudiar Medicina pero ha abandonado su carrera. Cuando lo conocemos su vida consiste en sacar sangre en un laboratorio, pero su rutina cambia y se complica cuando sospecha que su amigo Rubén puede estar entre las víctimas del incendio de la Cineteca Nacional.

 Por los días de la nacionalización de la banca, Saturnina y Arturo se encuentran. Pero su encuentro no sucede de la manera en que las comedias románticas nos han habituado a esperar. Antes y después, las sorpresas se suceden sin pausa…

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Un hombre se sienta diariamente en la banca de un parque modesto a leer la sección de avisos clasificados del periódico. Puede o no ser un obrero desempleado que busca una nueva fuente de ingresos, un amante tímido que mata tiempo antes de su cita vergonzante, un padre que ha perdido a su hijo precisamente en ese lugar donde cumple un interminable duelo, un escritor que imagina las escenas de una obra de teatro.
    Morirás lejos es una novela original conjetural y por lo tanto es simultáneamente estas historias y también la del hombre que se instala cada día en el parque y puede ser un justiciero que vigila los movimientos de otro hombre, llamado eme, que se esconde en una de las casas vecinas y que, como sospecha que es acechado, observa al otro detenidamente tratando de cerciorarse de sus intenciones. No estamos seguros de si eme es un criminal nazi, culpable de actos atroces, ni de si el otro, que permanece sin nombre, finalmente lo ha localizado en una paciente persecución que se prolonga ya por años.
    La acción de Morirás lejos, esta inminencia fascinante que nos captura desde la primera página, sucede en unos pocos días. Pero este presente convoca un pasado que comienza muy lejos –en la guerra del Imperio Romano contra los judíos y la destrucción del Templo de Jerusalén– y que salta a la expulsión de Salónica, a la destrucción del gueto de Varsovia, para culminar en los campos de exterminio donde la Alemania nazi industrializó el genocidio.
    Morirás lejos, la mejor de nuestras novelas experimentales, es un relato de una contención y una inteligencia estremecedoras, una obra maestra que después de muchos años llega a las manos de nuevos lectores que pueden gozar de esta pieza clave de la narrativa mexicana y latinoamericana.

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En un claro de bosque, una casa narra, con ironía y un humor acerbo, la historia de una familia feliz que de un momento a otro fue atravesada por el sufrimiento, donde la enfermedad y la muerte, al ocupar el centro de la existencia, consiguieron desmoronar incluso la alegría y los afectos dando paso a un vacío sórdido, de promesas que el destino no cumplió.
Tras el deceso de su madre, una mujer en los inicios de su madurez debe desmontar, con el fin de venderla, la vieja vivienda familiar situada en un bosque en los alrededores de Pátzcuaro. Necesita la ayuda de su hermano y un grupo de amigos, pues no se atreve a regresar sola a ese sitio al que no ha ido desde hace décadas. Envuelto en el bullicio de la fiesta y la camaradería, el grupo llega a la construcción cuyas paredes acumulan los recuerdos de una adolescencia alegre, aunque poco a poco también aparecen otros, más dolorosos.
Entre fantasmas de la memoria y espectros que deambulan y monologan por estancias y pasillos, los personajes se deshacen de muebles y objetos inservibles mientras mezclan su nostalgia por un pasado edénico y su voluntad de olvidar los instantes terribles con la incertidumbre de un presente hueco, como si arrojar a la basura los enseres de una casa abandonada les otorgara la oportunidad de reiniciar el camino.

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¿Cuál es la relación entre el bosque y la ciudad? ¿El bosque es el pasado de la ciudad? ¿Su pesadilla? ¿Su futuro post-apocalíptico? La fascinación que ejerce Verdever radica precisamente en sugerir posibilidades, pero sin optar por ninguna, obligándonos a habitar simultáneamente en dos realidades unidas por personajes que pasan de la una a la otra, sustancias que se filtran de las flores secretas del bosque a los licores de la ciudad; pero sobre todo dos mundos unidos por el deseo.
El deseo y los encuentros sexuales se narran aquí con una libertad, con una furia, con una imaginación como no podría producirla el encuentro amoroso de dos individuos; éste es el erotismo de dos mundos: de dioses y héroes, pero al mismo tiempo que mitológico, enigmático, pues no remite al sistema de una mitología anterior, sino a una que se va fundando en cada una de estas páginas ardientes.
En la narrativa de Mario González Suárez, incluso en la de índole aparentemente más realista, siempre se asoma la sombra de un mundo paralelo o subterráneo que inquieta las certezas, las costumbres y, si se lee de cierta manera, la realidad misma que habitan los personajes, y hasta los lectores. Sin embargo, en ninguno de sus libros anteriores se había atrevido a inquietarnos tanto como en Verdever.

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Un hombre gordo, sensual, goloso cena una noche con sus amigos y sin la menor queja se derrumba sobre el campo de sus placeres. Su cuerpo es examinado, declarado muerto, incinerado y depositado en una urna. Pero su fantasma permanece. Eso sí, imposibilitado de vagar a voluntad, cautivo de un candil eléctrico. Y entonces su viuda, a quien le había resuelto la vida hasta entonces, se ve obligada a entrar al mundo: aún joven y sumamente atractiva, tiene que enfrentar seductores; inexperta, decide dirigir la mueblería que es su patrimonio, y sin saber cómo debe decidir si conformarse con su soledad.
Éste es el inicio que sirve como excusa para meternos a una vida de pequeña ciudad durante la década de 1890, en pleno Porfiriato. Los adelantos técnicos hacen su aparición junto con nuevas curiosidades científicas y pseudocientíficas: junto a la higiene, el magnetismo; bajo el naciente psicoanálisis, la magia persiste; contra las disciplinas positivistas, los consuelos pobres del pulque. Así, la época surge como un entrecruzamiento entre conservadurismo y aires de libertad, entre conveniencias y deseos que saltan clases sociales y buenas costumbres.
Pero más allá de la época están sus personajes únicos. Ésta no es una novela histórica en el sentido habitual de la etiqueta: un decorado de época donde los personajes parecen disfrazados. En Rosas negras la historia y cada una de las historias que se van escapando del cauce principal suenan a verdad. A verdad, a chisme de pueblo, a dimes y gozosos diretes, a enredos y diversión. Aquí están los placeres del folletín y de los cuentos de fantasmas, pero siempre con la capacidad característica de Ana García Bergua para encontrar la profunda sabiduría de los ingenuos, de los mandados, de los buenos.

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Un hombre cuenta su vida. Se ha casado y tiene una hija. Maneja un taxi en Mazatlán. A veces roza los bordes de lo ilegal, pero procura no hacerlo. Ha visto el fuego y sabe que quema. Hasta que un mal día le toca encontrarse con su destino cruel y sin querer acaba en el mundo sin salida de los narcotraficantes.
Lejos de los estereotipos, A wevo, padrino permanece tenazmente en el interior de ese mundo. Al fin, podemos leer una novela que sabe imaginar la intimidad de esos hombres y mujeres broncos, donde además de cuerpos en acción hay mentes; hay temores, resignación, deseos complejos.
Pero el mérito de Mario González Suárez no se limita a la profundidad de sus personajes sino al gozo que causa el oír esta historia. Oír porque, aunque esté impresa, escapa de la página y se convierte no sólo en un vocabulario sabrosísimo, sino en una verdad. El ritmo de estas páginas, su capacidad para captar y reinventar maneras de hablar son ya en sí motivo más que suficiente para celebrar esta novela.
Un libro con aventura, tramado con un rigor kafkiano y venturosamente contado es un libro que nos obliga a recorrerlo de una sola sentada, y al terminarlo nos sigue habitando largamente. Porque aquí en lugar de caricaturas sangrientas aparece la pregunta por lo inhumano: ese abismo que sólo proviene de lo humano.

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Nueva edición de bolsillo

Cuando esta novela se publicó en 1949 fue motivo de apasionadas impugnaciones y polémicas. En ella, el autor ya bien conocido de Dios en la tierra y Los muros de agua planteaba los temas de la lucha de clases con una visión introspectiva que, sin dejar de ser fiel a su militancia marxista, ponía en crisis el dogma del "personaje positivo" al presentar personajes con una vida interior en la que se debatían las contradicciones de la condición humana. Ante la confusión y las malas interpretaciones suscitadas en torno al libro, Revueltas prefirió retirarlo de la circulación y dejó de publicar literatura narrativa durante siete años, en los que se dedicó a reflexionar sobre los problemas ideológicos en la relación entre el arte y la política. Hoy la novela aparece intensamente viva, gracias no sólo a esa visión trágica que Revueltas hace encarnar en sus personajes, sino además, a un estilo en el que las palabras forman una trama de tensiones donde la lucidez surge del choque entre la realidad caótica, adversa, y la voluntad humana comprometida, empellada en adquirir una forma, un valor de signo y de destino. 

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Nueva edición

Cuando esta novela se publicó en 1949 fue motivo de apasionadas impugnaciones y polémicas. En ella, el autor ya bien conocido de Dios en la tierra y Los muros de agua planteaba los temas de la lucha de clases con una visión introspectiva que, sin dejar de ser fiel a su militancia marxista, ponía en crisis el dogma del "personaje positivo" al presentar personajes con una vida interior en la que se debatían las contradicciones de la condición humana. Ante la confusión y las malas interpretaciones suscitadas en torno al libro, Revueltas prefirió retirarlo de la circulación y dejó de publicar literatura narrativa durante siete años, en los que se dedicó a reflexionar sobre los problemas ideológicos en la relación entre el arte y la política. Hoy la novela aparece intensamente viva, gracias no sólo a esa visión trágica que Revueltas hace encarnar en sus personajes, sino además, a un estilo en el que las palabras forman una trama de tensiones donde la lucidez surge del choque entre la realidad caótica, adversa, y la voluntad humana comprometida, empellada en adquirir una forma, un valor de signo y de destino. 

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Cinco comunistas, entre ellos una mujer, son deportados al penal de las remotas Islas Marías, tal como lo fue el propio Revueltas. Junto a ellos, los demás inasimilables de la sociedad, personajes perpetuos de la obra revueltiana: prostitutas, homosexuales, rateros, lisiados. Si hay algún hermano de Dostoievski en lengua española, ése es Revueltas. Una novela dramática, inolvidable.

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Esta novela de Mario González Suárez es un libro de fronteras. La acción se desarrolla en el último borde de la ciudad, donde lo que sigue es el llano, el bosque raquítico, el arranque de la autopista, la zona fabril. Más allá de la frontera cartográfica, los linderos se multiplican. Los protagonistas se mueven también en otros filos: una familia que oscila entre el aguante frugal en la legalidad y los intentos sostenidos de dar un golpe criminal que los libre de una vez de la pobreza; pero al mismo tiempo, y aquí el libro se vuelve único, también habitan en las fronteras en que lo cotidiano se infecta y colinda con lo fantástico de manera ambigua, dudosa.
En De la infancia brillan los dones de Mario González Suárez: es uno de los pocos escritores que libro a libro está escribiendo un México verdadero. Un México que al leerse duele porque, aunque parece inmediato, al mismo tiempo es indudable que ya se ha perdido, hace muy poco sí, pero de manera irremisible. González Suárez escribe –y en esto se separa de la mayoría de los narradores– no desde el realismo periodístico que abandona por urgencia las posibilidades de la literatura, sino desde un lugar profundamente literario, donde las tradiciones y los géneros se tocan, se exploran, se fecundan y muestran que la ficción es uno de los nombres de lo necesario.

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NOVELAS I: Los muros de agua / El luto humano / Los días terrenales

Esta amplia compilación en siete tomos de las obras más destacadas de José Revueltas, tanto en el campo de la narrativa, en el que se ubican sus libros más conocidos, como en la dramaturgia, el guión cinematográfico, la crónica, la autobiografía y el ensayo, constituye un panorama muy completo del trabajo de uno de los escritores mexicanos más importantes y un homenaje con motivo del centenario de su nacimiento.

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NOVELAS II: En algún valle de lágrimas / Los motivos de Caín / Los errores

Esta amplia compilación en siete tomos de las obras más destacadas de José Revueltas, tanto en el campo de la narrativa, en el que se ubican sus libros más conocidos, como en la dramaturgia, el guión cinematográfico, la crónica, la autobiografía y el ensayo, constituye un panorama muy completo del trabajo de uno de los escritores mexicanos más importantes y un homenaje con motivo del centenario de su nacimiento.

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La dueña del Hotel Poe es una novela que se va contando a sí misma conforme avanza, al tiempo que explica las razones que le dieron origen. Crónica de un ejercicio narrativo, es a la vez un ejercicio de la imaginación en el que la autora se desdobla en otras a lo largo del relato en una suerte de muñeca rusa novelística y autoral.
Como en una espiral sin fin, comenzamos con una novela breve dentro de la novela; a continuación, diversos textos ensayísticos y fragmentos de un diario personal permiten adivinar la personalidad de su autora, la dueña del Hotel Poe. Ésta planea una fiesta de aniversario del hotel e invita por correo electrónico a personas reales. Los corresponsales responden y la novela se vuelve una ficción/no ficción epistolar. Paralelamente, interviene la voz de una amanuense, a quien no le gusta el manuscrito de la autora...
Texto que viaja de la narración convencional hacia la metaliteratura, La dueña del Hotel Poe es un ejercicio fronterizo, un arriesgado experimento en los límites entre ficción, autoficción y no ficción que pone de cabeza (no una sino varias veces) la construcción novelística de la verosimilitud, a la vez que ofrece temblorosas visiones y entrevisiones de una compleja personalidad contemplada desde numerosos y hasta superpuestos puntos de vista.

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novela

Esta novela evoca un París mítico, el último París mítico: el de los años que desembocarán en las consignas y las barricadas de mayo del 68. El París de De Gaulle en la Presidencia y André Malraux como ministro de Cultura y el belga Jacques Brel y la judía Barbara como los cantores de la ciudad, el de Sartre y Beauvoir en el Café de Flore, el de un pintor enamorado y una bandita de prostitutas y prostitutos y una mujer amada que deja París y un joven que es seducido por una sordomuda en la Cinémathèque de Langlois: un París tan hermoso como despiadado en el que el narrador está dispuesto a morirse de hambre si así tiene que ser, porque así es París.

Lírica, divertida, histórica, melancólica, París desaparece es una novela con el peculiar sabor sardónico de los años sesenta parisienses, narrada en primera persona por un jovencísimo escritor mexicano, casi un niño, asombrado y encantado de lo que está viendo y viviendo, incluyendo sus extrañas relaciones con Sartre, con el susodicho pintor (que pinta un falso Matisse), con su sensual tía Adela de visita, con el bellísimo Alain acusado de asesinato y convertido en transformista, con Didi y Margot, con Jeanne que se fue a Ámsterdam llevando una foto de Quetzalcóatl, y con una vidente rusa a través de la cual se expresa un señor francés que conversa y disputa con André Breton en el más allá. 

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Nuevo formato

Esta novela –una de las memorias más apasionantes de la literatura mexicana, con casi medio siglo de gozar del favor de los lectores– tiene dos narradoras: Jesusa Palancares, quien cuenta su vida, y Elena Poniatowska, quien recrea con oficio y sensibilidad excepcionales los avatares de una vida notable no sólo por su originalidad sino también por la luz que arroja sobre momentos y costumbres cruciales.
Jesusa Palancares es la voz que cuenta en primera persona la historia de México en el siglo XX desde su peculiares modismos musicales. Como en Cartucho de Nellie Campobello, Hasta no verte Jesús mío guarda en su interior, como dentro de un alhajero, el idioma del campo y de la ciudad tal como Elena Poniatowska aprendió a escucharlo. Basada en esa escucha, en ese recorrer los sonidos del testimonio, Hasta no verte Jesús mío va hilvanando las vidas de las mujeres que despertaron con la Revolución Mexicana en forma de soldaderas, sirvientas, obreras. Abandonadas, siempre abandonadas, jamás necesitaron de los hombres. Esta novela cuenta la historia de la fortaleza del país: sus mujeres.

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Orange Blue Green

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